El jueves pasado ocurrió algo inusual en el microcentro de San Miguel de Tucumán. No es extraño toparse con muestras de violencia o intolerancia en las calles de la ciudad. Los bocinazos, los insultos y las peleas callejeras son moneda corriente en una urbe que parece haber normalizado el mal humor como forma de relacionarse. Pero lo sucedido esa tarde excede cualquier parámetro conocido. Un roce entre una bicicleta y un auto derivó en un disparo a quemarropa. “Disparo en pleno microcentro de Tucumán: un roce entre una bicicleta y un auto terminó con un hombre baleado”, tituló LA GACETA. Y no exageraba.

El episodio tuvo todos los ingredientes de una pesadilla urbana. Era pleno horario central, Cristian Emanuel Palacios, de 43 años, circulaba en su bicicleta por calle San Juan. Según la versión de los testigos, rozó el Ford Focus que conducía Gustavo José Luis Orce. Lo que siguió fue una escalada brutal e incomprensible. Lejos de mediar palabras o resolver el conflicto por la vía del diálogo, Orce descendió de su vehículo, extrajo una pistola calibre .40 y, sin titubeos, habría disparado contra el ciclista. El proyectil impactó en el hombro izquierdo de Palacios, a la altura de la clavícula. Por milímetros, no le costó la vida.

La violencia irrumpió en pleno centro, ante la mirada atónita de decenas de transeúntes. A un metro de distancia, dos jóvenes estuvieron a punto de ser alcanzadas por el mismo proyectil, que atravesó el cuerpo de la víctima. El atacante, además, cometió el aberrante acto en presencia de su pequeña hija, que viajaba con él en el automóvil. Los detalles de lo ocurrido deberían helar la sangre de cualquier ciudadano: un roce que pudo resolverse con un simple gesto se transformó en una tentativa de homicidio.

La reacción de la víctima aportó aún más claridad sobre la naturaleza del ataque. Palacios declaró ante el fiscal Mariano Fernández que no hubo discusión previa. Orce lo llamó, lo increpó por el espejo retrovisor y, antes de que pudiera mediar palabra, lo insultó: “Negro de mierda. Ni en bicicleta sabés andar”. Luego, le apuntó al rostro. “Al ver el cañón de la pistola, me agaché y en ese momento escuché el disparo”, relató la víctima. Su reacción refleja instinto puro, no valentía: pudo ser una tragedia.

La Justicia actuó. El acusado recibió 30 días de prisión preventiva. Sin embargo, el problema trasciende lo judicial. Este caso no es una rareza estadística. Es el síntoma de una sociedad que ha perdido la capacidad de gestionar el conflicto más mínimo. Un roce, un insulto y, en segundos, alguien decide sobre el futuro de la vida de otro. No hay excusa. No hay atenuante.

La pregunta que deberíamos hacernos como sociedad es incómoda pero necesaria: ¿cómo hemos llegado a este punto? ¿En qué momento la calle se volvió territorio de nadie y la intolerancia ganó la batalla contra el diálogo?

La semana pasada, en el microcentro tucumano, no solo hirieron a un hombre. Nos hirieron a todos. Y el balazo, aunque dio en el hombro de Palacios, debería resonar como una advertencia ineludible. O recuperamos la convivencia o el próximo episodio podría ser aún peor. Ojalá que esta vez, al menos, aprendamos la lección.